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El mejor fruto del Jubileo de la Misericordia

corazon-de-mariaAl acabar el Año Jubilar de la Misericordia podemos ofrecer al Señor un fruto que dé continuidad a los dones que hemos recibido de Dios en este año.  Durante este año hemos comenzado, recomenzado o impulsado nuestra vida de hijos de Dios. ¡Qué alegría! ¡Qué bueno es Dios! Él es nuestro Padre y hace posible que nos levantemos de nuestras miserias y vivamos como auténticos cristianos a semejanza de Jesucristo, María y los santos.  El Espíritu Santo, a través de los Sacramentos y en la vida de la Iglesia, renueva nuestro corazón y el de nuestras familias para ser fuente de esperanza y gozo en medio del mundo.

Sabemos la gran vocación a la que el Señor nos llama y, al mismo tiempo, conocemos nuestra debilidad en el día a día. Por eso, un gran fruto de este Jubileo de la Misericordia es consagrar nuestra vida y familia a los Corazones de Jesús y María. Ellos nos ayudarán a continuar el camino que la Misericordia nos ha abierto.  Un camino con dificultades y obstáculos pero que de la mano de Jesús y María podemos recorrer hasta la casa del Padre.  Si Dios está con nosotros, ¿Quién contra nosotros?

A continuación ofrezco unas fórmulas como ejemplos.  Están pensadas para una familia. Sería preferible que cada persona o familia redacte la suya con las razones que le muevan o los propósitos que desee hacer.

P. Martínez

 

Consagración al Inmaculado Corazón de María (Del matrimonio o de la familia entera)

Inmaculada Virgen María, Tú has vivido junto a Jesús tu vocación al amor: como hija, esposa y madre, conoces de cerca nuestras luchas en el camino de la familia.

Como Hija te abandonaste completamente en Dios Padre, prestándole el homenaje de tu entendimiento y voluntad, y cooperando a su gracia en una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo.

Como Madre, engendraste en tu seno al Hijo de Dios, consagrándote totalmente a ti misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de tu Hijo; y nos acogiste a todos nosotros como hijos a través de la Iglesia.

Como Esposa, avanzabasen la peregrinación de la fe bajo la acción del Espíritu Santo ante los insondables designios de Dios.

Como Maestra, Jesús aprendió, en el limpio espejo de tu Corazón, a vivir como Hombre su eterna consagración al Padre en su Amor Redentor.

Nosotros, N.N.,  N.N., N.N.,  ….llenos de alegría y esperanza, venimos hoy a ti, como a nuestra  Madre y Maestra,  para consagrarnos a tu Inmaculado Corazón.

Queremos confiarte, Madre, el Tesoro que el Señor ha puesto en nuestras manos y que llevamos en vasijas de barro.  Te encomendamos hoy nuestra familia para que hagas de ella un hogar para tu Hijo.

Que el Señor pueda entrar en nuestra casa como en la de Lázaro, su amigo, sin llamar a la puerta, sabiéndose siempre esperado y bienvenido.  Que el amigo de Lázaro sea también el nuestro y el de nuestros hijos, y comparta con nosotros las esperanzas y los temores, la alegría y los dolores de la vida.

Te pedimos, Madre, que nos enseñes a vivir como Marta y María entregando al Señor todo nuestro tiempo en la unidad de trabajo y descanso, oración y acción.

Ayúdanos a reconocer en nuestra familia el santuario de la vida y la esperanza de la sociedad.  Haz crecer a nuestros hijos en edad, sabiduría y gracia, para que puedan ser los testigos del tercer milenio.  Que como en Caná, nuestra pobre agua pueda transformarse en vino nuevo capaz der ser reflejo del Amor de Dios para que el mundo pueda conocer a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Oh María, revélanos el plan maravilloso de Dios sobre nuestra familia.  Muéstranos tu protección de Madre y ponnos junto a tu Hijo Jesús, nuestro Maestro y Amigo.  Amén.

 

Consagración de la familia al Corazón de Jesús  (Toda la familia)

Jesús, Señor y Salvador nuestro, nos reunimos ante tu imagen para ofrecer a tu Corazón Sagrado nuestra casa y nuestras personas, por mediación de nuestra Madre, la Virgen María, que desde el cielo nos acompaña, nos sonríe y nos ayudará a cumplir el compromiso que ahora contraemos contigo.

Hoy muchos te arrojan de sus puestos de trabajo, de sus viviendas y de sus relaciones familiares.

Nosotros te recibimos contentos y agradecidos en nuestro hogar;  te necesitamos y queremos que vivas con nosotros, participando de nuestras alegrías y de nuestras penas, de nuestra riqueza y de nuestra pobreza, de nuestros triunfos y de nuestros fracasos.

Señor, no somos dignos de que entres en nuestra casa; pero tú, que fuiste a la del Centurión, entraste en la de Zaqueo, y te hospedaste en la de Marta y María, quédate con nosotros para siempre, que procuraremos no hacer nunca algo que te disguste.

Señor Jesús, que nos ofreces tu corazón, como señal y prenda de cuánto nos amas, ilumínanos en nuestras dudas y adviértenos en nuestros peligros;  ayúdanos en nuestras tentaciones y consuélanos en nuestros sufrimientos;  oriéntanos en nuestras resoluciones y, sobre todo, enciende en nuestros corazones un gran amor a Ti y a nuestros prójimos.

Que nuestra vida sea un auténtico testimonio de fe, esperanza y caridad;  que hagamos bien a cuantos nos rodean, viéndote en ellos a Ti, y que al fin de nuestra peregrinación por este valle de lágrimas, todos nos reunamos contigo en el cielo, con la Virgen María, nuestra Madre, los santos de nuestra devoción y las personas queridas que nos han precedido en su camino a la casa del Padre.

Así te lo prometemos, Jesús, ante la imagen de tu Corazón;  así te lo pedimos y así lo esperamos de Ti, que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.  Amén.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

¡Inmaculado Corazón de María, se la salvación mía!

 


La Consagración al Corazón de Jesús se aconseja, no es imprescindible, hacerla a la vez que un sacerdote entronice en casa una imagen o cuadro del Corazón de Jesús y bendiga  casa.  También esaconsejable que se renueve en familia todos los años en la misma fecha (no es necesario repetir la bendición de la casa).Por otra parte, convieneponer junto a la imagen Agua Bendita (bendecida por un sacerdote) para que puedan usarla todos los miembros de toda la familia.

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

Cristo-de-Ribalda¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

Lope de Vega

Carta de “Faustinum” – Pascua 2016

Carta enviada al Apostolado de la Misericordia Divina en Burgos por la Hna. M. Alicja Zelmańska ZMBM, Presidenta de “Faustinum”, con ocasión de la Pascua de 2016.

“Faustinum” es una asociación con sede en el monasterio de Cracovia donde vivió unos años y murió Sor M. Faustina Kowalska, y cuyo fin es la difusión de la Devoción de la Divina Misericordia.

2016-felicitacion-pascual

El esfuerzo de acoger la Misericordia

misericordiosos“¡Cómo ha quedado sola la ciudad populosa!
La grande entre las naciones se ha vuelto como viuda,
La señora de provincias ha sido hecha tributaria.
Amargamente llora en la noche, y sus lágrimas están en sus mejillas.
No tiene quien la consuele de todos sus amantes;
Todos sus amigos le faltaron, se le volvieron enemigos”

(Lamentaciones 1, 1-2)

 

Cuando uno se junta con los amigos es normal comentar cómo van las cosas.  Y, con frecuencia, esos comentarios desembocan en “lamentaciones”.   Ciertamente nos rodean muchas cosas buenas; pero, por otra parte, tampocofaltanlas malas.  Incluso a veces, parece que abundan más las malasnoticias que las buenas.   Basta conabrir un periódico, oír el telediario o ponerse a charlar con un amigo….

Por otra parte, especialmente durante este año Jubilar de la Misericordia, oímos constantemente hablar de la bondad de Dios, de su constante ternura y Misericordia para con nosotros.  Pero, siendo sinceros, en lo que llevamos de año ¿han cambiado mucho las cosas?

Hace unas semanas se dio a conocer una entrevista realizada hace unos meses por Jacques Servais al Papa emérito Benedicto XVI.   En ella me llamó la atención un comentario sobre el hecho de que hace siglos el hombre creía tener necesidad de justificarse ante Dios. Sin embargo, el hombre de hoy, cree más bien que Dios tiene que justificarse por todas las cosas terribles que ocurren en el mundo.

Dicho de otra forma: Si Dios es bueno y misericordioso ¿Por qué permite que haya tanto mal?  No es Él, yaque nos ha creado así, ¿el último responsable de los terremotos, de las guerras, de las injusticias? En el fondo… ¿no es Él, el último responsable del pecado?Y así podríamos seguir, una y otra vez preguntándonos: Dios, ¿Acaso no comprende, mejor que yo mismo, todos mis problemas y dificultades? ¿Acaso no sabe lo complicando que es, no ya vivir según unos “ideales” sino lograr si acaso “ir tirando”?Y aún diría más, si Dios es compasivoy misericordioso, ¿Acaso es posible que alguien pueda condenarse por toda la eternidad?  La respuesta del “hombre de hoy” es muy clara:   ¡por supuesto que no!, ¡solo faltaría que después de lo duro que es vivir esta vida tuviéramos como “recompensa” un sufrimiento eterno!  Dios, que es justo, ¡no puede consentirlo!

Podríamos llenar páginas enteras con nuestras “justas” lamentaciones ante Dios.  Quizás repitiéndolas una y otra vez podamos llegar a tranquilizar nuestras conciencias asegurándonos que son ciertas…

No se trata de ir respondiendo una a una a todas estas presuntas ofensas recibidas.  Hay que ir a la raíz.  Este planteamiento, que tan familiar se nos ha hecho, ¡es falso! ¡Tremendamente falso! Nos hemos acostumbrado a pensar que es justo que todo el mundo, Dios incluido, gire en torno a nosotros.   Soy yo el que tiene problemas, soy yo el que sé lo que me conviene, soy yo el que tengo razón, soy yo el que necesita ayuda, soy yo el que tengo derecho a disfrutar, soy yo el que…  Dios y los demás están ahí para que yo pueda “vivir bien” y, en el peor de los casos, para reconocer “cuanto sufro”.  El mundo perfecto sería aquel en el que cada uno hiciera lo que quisiera sin quenadie le moleste.  ¡Qué maravillosa sería una realidad virtual donde todo ocurriera a mi capricho y donde, siendo el héroe de la película, no fuese necesario cansarse y esforzarse para que todo terminase bien!

Es necesario despertarse de este sueño.  Quizás baste con que suene el despertador o con que alguien encienda la luz. Quizás sea necesario, en los casos más dramáticos, que alguien nos eche encima un cubo de agua fría… Lo importante es despertarse.  Despertarse para vivir.  Vivir ya no un sueño, más o menos bonito, sino la vida.  La vida con mayúsculas: la Vida.

Una Vida que es el gran regalo de Dios. Dios que desde toda la eternidad ha deseado que naciéramos para ser sus hijos.  Dios que nos ha dado toda la creación como nuestro hogar para poder gozar con Él de su Vida siendo parte de su Familia.  Dios que cuando nosotros nos alejamos de Él por el pecado viene a nuestro encuentro desde la Cruz, para perdonarnos y ayudarnos a seguir sus pasos hacia la casa del Padre.  Una Vida en la que no estamos solos, sino que nos descubrimos hijos amados del Padre y hermanos de todos nuestros semejantes.

No.  El mal no es culpa de Dios.  El mal existe por culpa del pecado de los hombres, por mi pecado, que rechaza a Dios como Padre y como única fuente de la Vida. Que rechaza a los hombres como hermanos y amigos en el caminar. Pero Dios… ¿Cómo iba a dejar sufriendo en su pecado al hombre que hizo libre para poder amarle como hijo?¿No acudirá a su encuentro para levantarle y enseñarle con su Graciaa vivir como hijo, como El Hijo, como Jesucristo? Sí… Por supuesto que sí.

Jesucristo nos invita a seguirle de un modo libre y responsable.  Nos invita a construir con Él,y en Él, una familia: la familia de los hijos de Dios, de la Iglesia.  Nos invita a remarmar a dentro, hasta el corazón de la Trinidad, hasta el Corazón del Padre.   Y esto  a través de nuestros actos concretos, ni más ni menos.  De nuestras luchas, de nuestro trabajo, de nuestras tristezas y alegrías;  que se convierten en Su lucha, Su trabajo, Su tristeza y Su alegría.   Porque estamos llamados a ser uno con Él, como Jesucristo es uno con el Padre en el Espíritu Santo.

Es necesario despertar del sueño y respirar el aire fresco de la mañana para que el Espíritu Santo inunde nuestros pulmones y nos permita levantarnos de nuestro lecho y seguir al Señor.  Quizás, nada más levantarnos, sea necesario poner fin a la oscuridad y a las tinieblas de la noche;  rechazar el pecado y a Satanás y a sus obras, con el Bautismo o una buena confesión sacramental.  Hecho esto, cojamos la mano del Señor y de los hermanos (familia, comunidad cristiana y amigos) y pongámonos en camino.  En mitad de la jornada no nos faltará el Pan del Camino, la Eucaristía, que renovará nuestras fuerzas haciéndonos uno con Cristo.  En los momentos de mayor dificultad o peligro, no nos faltará la ayuda yla ternura de nuestra Madre, la Virgen, que nos animará y protegerá. ¡Cuánto nos ayuda María a través del rezo diario del Santo Rosario!  Y si caemos en medio del camino o nos envuelven las tinieblas de la noche, siempre estará el Señor a nuestro lado, que en la confesión sacramental nos levantará y nos iluminará con su Luz Eterna, Omnipotente y Misericordiosa.

Despertar, levantarse y caminar.  Sin esperar a mañana, sin miedo a fracasar ni a enfrentarse a losenemigos, sin falsos complejos ni medias tintas.  Con la decisión de quien ha encontrado un Amigo que, saliendo a su encuentro, le ha recibido en el calor de una Familia.

Despertar, levantarse y caminar.  Hoy, ahora,siempre…  dejándose mirar por María y Jesucristo que nos invitan a ser santos hoy, ahoray siempre, con la gracia del Espíritu.  Porque con Jesús y María, ¿qué no podremos conseguir?  Si ellos están con nosotros ¿Quién contra nosotros?

Despertar, levantarse y caminar.  Cristo te espera ya en el Sagrario, ¿a qué esperas?  Mañana quizás sea ya tarde…

¡Despierta!  ¡Levántate! ¡Camina!   Cristo te llama…   ¡Acude a su encuentro!

 

P. Martínez

Icono de la Divina Misericordia

Cristo Div Corrección Foto Ionut aEn el convento de Plock, el 22 de febrero de 1931, inició Jesús sus revelaciones sobre la Devoción a la Misericordia Divina. Santa Faustina Kowalska nos lo relata así:

Al anochecer, estando en mi celda, vi al Señor Jesús vestido con un túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. En silencio, atentamente miraba al Señor, mi alma estaba llena del temor, pero también de una gran alegría.

Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, confío en Ti. Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y [luego] en el mundo entero. Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé como Mi gloria” (I, 18)

En otra ocasión el Señor dijo que también entraba dentro de esta Devoción la imagen de Jesús crucificado, con dos rayos que brotan de su costado y la invocación: “Jesús, confío en Ti”. Así nos mostraba cómo la fuente de la Misericordia es el valor redentor de la muerte de Cristo en la Cruz.

El Cuadro de la Misericordia nos recuerda la confianza total que debemos tener en Cristo y el amor misericordioso que debemos tener nosotros con el prójimo. Es decir, Cristo no sólo perdona nuestros pecados sino que es capaz de hacernos santos, partícipes de su misma Vida: ¡porque es eterna su Misericordia!

Por tanto, la promesa del Señor no está condicionada a una pintura concreta, no es el cuadro el que da las gracias como si fuera un “talismán mágico”; es Cristo mismo quien las da a través de él haciendo a sus devotos capaces de recibir las gracias que desbordan su Corazón.

Cristo siempre está deseando darnos sus dones y gracias; pero nosotros, con frecuencia, no nos damos cuenta de ello o somos indiferentes ante su bondad. Por eso, tantas veces, no llegan a nosotros los dones de Dios. No por falta del Amor de Dios; sino porque nosotros no estamos en disposición de recibirlos.

El Cuadro de la Misericordia nos hace presente el Amor de Dios; nos recuerda que Él está con nosotros siempre; que nos ama siempre; que desea perdonarnos siempre; que nos quiere ayudar con su Gracia siempre. Basta que nosotros le miremos y, confiando en Él, le abramos nuestras vidas para que Él las transforme.

El Cuadro de la Misericordia no es una mera foto que me recuerda un ser querido que esté lejano o que haya fallecido. No. El Cuadro de la Misericordia me recuerda que Cristo está junto a mí; ahora, en este lugar, en estas circunstancias; y está junto a mí porque me ama, me comprende, desea perdonarme y cambiar mi vida para tenga Su Vida y la tenga en abundancia.

Una de las ideas que definen los iconos bizantinos es que hacen presente la imagen que representan. Por eso hemos pedido al Hno. IoanPatriciu Gotia, dcjm que realizara un icono de la Misericordia.   Este icono asume los elementos pedidos por Jesús a Santa Faustina y que tienen otras imágenes de la Misericordia (el Señor vestido con una túnica blanca; una mano levantada, como para bendecir, la otra descansaba sobre el pecho; de la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido; la firma: “Jesús, confío en ti”) poniéndolos en relación con el misterio de la Pascua según señaló el Señor (crucifixión, muerte y resurrección del Señor).

En el icono, vemos que Cristo Resucitado sigue llevando las llagas de su Pasión en la cruz (el signo de los clavos y del costado abierto por la lanza), pero ahora de sus llagas resplandece la luz dorada de su victoria sobre la tiniebla del pecado. Son el sello del amor entregado hasta el final según lo testimonia también el rojo de la cruz marcada dentro de la aureola dorada del Señor. La mano izquierda del Señor descansa sobre su pecho y a la vez indica hacia el Corazón abierto, para introducirnos en el misterio de su amor por el Padre y por los hombres.

El rostro luminoso del Señor acoge con su mirada a todos los hombres necesitados de su misericordia, llamando a cada uno a unirse a su Pasión para la redención de los hombres.

Los rayos simbolizan el agua y la sangre que brotaron de su costado. Son signos del don del Espíritu Santo; del Bautismo y la Eucaristía; de la fuente de la Misericordia de Dios que sigue llegando hasta nosotros en la Iglesia.

Agradecemos profundamente al Hno. IoanPatriciu Gotia que aceptara nuestra petición y que la haya realizado con un profundo sentido fe. Pedimos a María, Madre de la Misericordia, que este icono de la Misericordia Divina ayude a los alejados a acercarse a Cristo, a los tibios a enfervorizarse y a todos los cristianos a vivir la plenitud de la Vida en Cristo. ¡Porque es eterna su Misericordia!

Apostolado de la Misericordia Divina

(Algunas de las ideas aquí expresadas están tomadas del Rev. Dr. Ignacio Rózycki, Ponencia “El creyente ante la Misericordia Divina”, Cracovia, 19-20 febrero 1981.)

Vacaciones y Misericordia

¡Qué calor hace! En estas fechas no paramos de oír y repetir estas tres palabras. Verdaderamente hace calor. Un calor que invita al descanso, al no hacer nada, a las vacaciones… Algunos podrán disfrutar de unos merecidos días de descanso; para otros no será posible. Y la “misericordia” ¿tendrá también sus vacaciones?

En estos días todos sentimos la tentación de pensar que “por fin tengo unos días para mí mismo”. Esta idea, en sí misma, tiene el riesgo de encerrarnos y dejarnos en una burbuja. Me parece mucho más apropiado decir “por fin tenemos unos días para nosotros”. Sí, para nosotros. El “nosotros” de la familia, de los amigos, de Dios. Son días para vivir y gozar de los “nuestros”. Días para crecer en el amor y en la amistad. Para que los hijos experimenten el amor de los padres, para que los padres descubran cuanto les quieren y necesitan sus hijos, para que los esposos puedan crecer en su amor, para profundizar esta o aquella amistad, para conocer un amor que podrá ser para siempre. Durante el año vamos con un poco de prisa, parece que a veces no tenemos tiempo para lo que más nos importa en nuestra vida. Y precisamente esas prisas son una excusa perfecta para no fijarnos en los demás, para no ser delicados en el trato con ellos, incluso para no tener demasiada paciencia con los defectos de siempre. Y todo ello, precisamente, con los que más queremos.

Por ello las vacaciones se presentan ante nosotros como un tiempo especial para la Misericordia.   Para dedicar un tiempo a la oración descubriendo qué grande es la Misericordia de Dios para con nosotros.   Para mirar más a mis hijos, marido, esposa, amigos o conocidos con los mismos ojos de Misericordia con los que me mira Jesucristo. Es un tiempo para que, viviendo la Misericordia, crezca nuestro amor y nuestra vida se haga realmente más grande y bella. Porque las vacaciones son eso: un tiempo especial para crecer en el amor. Para que nuestro corazón pueda descansar con los míos en Dios. Para que pueda latir con más fuerza, con más alegría de modo que nos impulse a seguir caminando cogidos de la mano con un paso más decidido y confiado.

Sí. Las vacaciones son tiempo de Misericordia porque son un tiempo de encuentros más profundos; es momento de curar heridas, de perdonar, de volver a intentarlo, de aprender a caminar juntos, de confiar, de hacer que nuestro amor sea capaz de crecer. Es momento de descubrir la maravilla de avanzar juntos a pesar de los problemas y conflictos; más aún, de descubrir en esos problemas un escalón que nos permite subir a una cima más hermosa, con un horizonte más amplio. Es esa Misericordia la que nos permite vivir el gozo de la familia, de la amistad, de la comunidad, de ser hijos de Dios. Es esa Misericordia la que nos permite mirarnos a los ojos descubriéndonos a nosotros mismos en esa mirada que veo frente a mí.

El calor nos da sed; ¡Cuánto agua bebemos en verano! Esto nos recuerda una que también necesitamos beber del agua que sacia para siempre. Necesitamos beber del agua que Cristo nos da. ¡Bebamos de la fuente de la Misericordia, para que nuestra vida sea un manantial capaz de saciar a los que nos rodean!   Pidamos al Señor que bendiga nuestra familia y amistades con el don de su Misericordia, de su Amor. Que nos haga capaces de amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado; de hacer de nuestras familias un verdadero remanso de gozo y paz que nos permita enfrentarnos con decisión y fuerza a las pequeñas o grandes batallas de cada día.

Ahora en verano, ¡bebamos el agua que Cristo nos da! Bebamos su perdón en el sacramento de la reconciliación, bebamos su Verdad a través de la oración y llenémonos de su Amor en el sacramento de la Eucaristía.   Más aún, bebamos todos juntos. Vayamos en familia o con los amigos a confesarnos, a hacer oración, a la Eucaristía; vayamos todos juntos a hacer alguna obra de misericordia y descubriremos que el Señor no sólo ha querido darnos su Misericordia sino que ha querido hacernos fuente de Misericordia.

Pidamos al Señor que este verano nos llene con su Misericordia. Ahora que hay más tiempo y menos prisas. ¿No sería hermoso dedicar un tiempo a rezar todos los días el Rosario de la Misericordia? Cinco minutos, no más. Cinco minutos con mi familia o amigos con el Señor. Pidiendo a Dios su Misericordia y recibiéndola a la vez. “Pedid y se os dará; Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá”. Todos juntos para recibir juntos, para hallar juntos, para entrar juntos.

El verano es tiempo de Misericordia. De recibirla y de darla. De vivir la Misericordia de Dios y de practicarla con los que nos rodean. Que María, Madre de la Misericordia, nos ayude a vivir este verano de un modo nuevo, con el gozo y la paz de quien se sabe amado y tratado con Misericordia; como quien sabe que puede amar y tratar con Misericordia a aquellos que Dios ha puesto en su camino bajo su cuidado.

P. Martínez

¿Tolerancia o indiferencia?

2015 06, Cachorro de SevilllaEn el diccionario de la lengua española se define la tolerancia como el “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.

Hoy en día esta es una de las actitudes mejor consideradas en el ámbito socio-político y cultural. Más aún, es creencia común que sin ella no es posible la convivencia en una sociedad plural como la que existe en las así llamadas “sociedades democráticas”. La falta de tolerancia lleva a los radicalismos y, por tanto, al riesgo de desorden social o a la limitación de los derechos personales. El respeto al otro es la norma suprema en la relación con los demás.

Por otra parte, en el mismo diccionario se define la indiferencia como el “estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado”.

Y es aquí donde, presuponiendo el máximo respeto a la libertad de cada uno, me surge una pregunta:   en el fondo, ¿no podemos estar confundiendo la tolerancia con la indiferencia?

La indiferencia nos lleva a marcar un límite entre “el otro” y “yo”:   “haz lo que quieras pero a mí no me molestes”, “tu libertad y derechos acaban donde comienzan los míos”, “mientras a mí no me afecte me es indiferente lo que te ocurra”,… Esta indiferencia nos permite seguir viviendo nuestra vida sin sentirnos responsables de la de los demás aunque naufraguen en medio de sus problemas.

Es cierto que sentimos compasión cuando descubrimos el dolor de los demás. Nuestras lágrimas son sinceras, nos gustaría que todo le fuera bien, pero:   ¿Qué puedo hacer yo? ¿Acaso soy “un dios” capaz de resolver los problemas de los demás? Al final nuestras lágrimas se quedan en eso, en lágrimas que esconden nuestra indiferencia.

Lo que me importa soy yo. Un “yo” entendido de un modo individual y autónomo. Cualquier tipo de relación con los demás ha de valorarse en la medida en que me permita ser yo mismo y actuar libremente según mis criterios. Así, tolero a los demás en la medida en que no me molesten. Y, dicho sea de paso, me será fácil tolerarlos porque no me importan demasiado. Esta forma de vivir la tolerancia ignora y destruye la dignidad del otro. Esta visión, a veces, podemos descubrirla incluso en el trato con la familia y amigos.

¿En que se parece esta “tolerancia” a la tolerancia que mostró Jesús cuando, a punto de morir en la Cruz, dijo:   “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)?

Jesús fue tolerante hasta el punto de dejarse azotar y crucificar; de dejar que Judas lo traicionara; de dejar marchar al joven rico. Pero lo que diferencia su tolerancia de nuestra indiferencia es precisamente Su Misericordia. Una Misericordia que le lleva a perdonar y a tender una mano incluso a sus enemigos para que “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Jesús es como el padre de la parábola que todos los días esperaba con los brazos abiertos la vuelta de su hijo pródigo a casa; más aún, es el Buen Pastor que sale a buscar a su oveja perdida no para obligarla a volver sino para curar sus heridas y permitirla que pueda volver a su hogar una vez que lo haya descubierto como proprio.

La Misericordia de Jesús hace que su tolerancia no nos deje solos en medio del mundo, aislados de todos los demás; al contrario, nos permite sentirnos respetados y amados incluso cuando nos hemos alejado y perdido; de este modo la vuelta a casa no es una humillación sino un gozoso reencuentro con Aquél que no solo salió a buscarnos sino que dio su Vida para que pudiéramos vivir como “hijos del Padre”.

¿Tolerancia o indiferencia?   Yo diría, “Misericordia” siguiendo a Aquel que es la Verdad, el Camino y la Vida.

 

P. Martinez

Cuando estés solo

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Cuando estés solo. En tu cuarto, con tu ventana y tu puerta cerrada, solo tú…
Cuando ya no puedas seguir ante el ordenador o la televisión.
Cuando rodeado de tu gente te sientas como un extraño.
Cuando tus proyectos hayan fracasado quizá porque ni siquiera empezaron.
Cuando tus manos y tu corazón estén manchados y lejos quede ya el recuerdo de la inocencia de aquel niño.
Cuando tus amigos ya no llamen a tu puerta.
Cuando descubras tu mundo superficial y vacío.
Cuando has hecho daño a los que más quieres, y no sabes ni por qué ni si quisiste evitarlo.
Cuando tu vida ha perdido el camino y ya nada tiene sentido.
Cuando parezca que hubiera sido mejor no haber nacido.

¡Mírame! Búscame en lo más profundo de tu corazón. Estoy contigo.
¿Recuerdas aquel Padre que tenía dos hijos? El pequeño le pidió su herencia al Padre y se fue de casa. E hizo su vida. Malgastó su dinero. Se quedó sin nada. Deseaba comer lo que comían los cerdos; pero nadie se lo daba. Estaba sólo. ¿Equivocó el camino?
Volvería a su Padre, ya no como hijo, sino como mendigo. ¡Qué vergüenza! ¡Padre, perdóname, dame de comer! ¡Qué humillación! ¿Sería capaz de decirlo?
Y se puso en camino.
Y su Padre le vio. Su Padre se echó a correr. Su Padre le abrazó. Su Padre le escuchó: ¡perdóname! Su Padre no le dejó continuar y le besó. Su Padre le dio un vestido nuevo, le devolvió su anillo de hijo e hizo una gran fiesta porque su hijo había vuelto a casa.

Y ese Padre, ¿no será también tu Padre? ¿No te espera también a ti y a los tuyos? ¿No está deseando abrazarte y secar tus lágrimas y las de los tuyos?

Y, entonces, mis manos, mi corazón, mi inocencia olvidada, todos mis agobios, ¡ya son agua pasada! Todo vuelve a ser posible, porque Jesús nos tiende su mano. Una mano herida por el clavo pero fuerte por su Amor.

Y Jesús nos ayuda a levantarnos y nos muestra el camino. Nos ayuda a caminar y nos acompaña con paso firme. Y junto a Él, descubrimos que no estamos solos. Jesús lleva también de la mano a mi familia, a mis amigos, a los míos… Y en Él volvemos a encontrarnos y a abrazarnos; en Él volvemos a mirarnos a los ojos y a sonreír; en Él y con Él volvemos a caminar por esa senda que nos lleva a Casa: a nuestro Hogar, a la casa del Padre.

Cuando estés sólo. Mírame y recuerda: ¡Jesús, confío en ti! Coge mi mano y pongámonos en camino.

P. Martinez

La Misericordia del Corazón de Jesús

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Terminada la Primera Guerra Mundial, la situación mundial estaba peor que antes. La muerte de unos 15 millones de personas en esta Guerra, no sólo no había servido para nada, sino que el escenario estaba aún más desordenado y enconado por odios y revanchas.
La humanidad, y no sólo los cristianos, miraba a la única Autoridad que se podía considerar neutral y con criterios sólidos: el Papa Pío XI, que había comenzado su Papado en 1922, poco después de terminar la Guerra y captaba muy bien la situación.
A comienzos de 1928 se anunció que iba a publicar una Encíclica y se suscitaron las esperanzas.
Pero, cuando el 8 de mayo publicó la “Miserentissimus Redemptor”, hubo una decepción general: “¡El mundo está que arde y el Papa escribe una Encíclica sobre la reparación al Corazón de Jesús! ¿Está en la luna? Esperábamos un documento social, filosófico, con repercusiones políticas y económicas, y sale con la devoción al Corazón de Jesús….!”
Sin embargo, el Papa había dado en el clavo. Había ido al núcleo del problema. Si el mundo andaba mal no se debía tanto a problemas “socio-económico-políticos”, sino a causas espirituales.
En el Pontificado de su predecesor, Benedicto XV, en una aldea portuguesa, Fátima, la Virgen había indicado en 1917 que la Guerra había tenido su causa en los pecados de la humanidad y que, si ésta no se convertía y hacía penitencia y oración, en el Pontificado de su sucesor, habría otra peor. Y así fue.
Concretamente, en la tercera aparición, el 13 de julio, Nuestra Señora les dijo a los tres niños: “Hay que rezar el rosario para que se termine la guerra (…) Pero si no se reza y no se deja de pecar tanto, vendrá otra guerra peor que las anteriores, y el castigo del mundo por sus pecados será la guerra, la escasez de alimentos y la persecución a la Santa Iglesia y al Santo Padre.”
No es nada nuevo: A lo largo de toda la Historia de la Salvación vemos cómo Dios castiga los pecados de su pueblo de muchas maneras, una de las cuales es la guerra.
Así lo indicó también el Concilio Vaticano II: “En la medida en que el hombre es pecador amenaza el peligro de guerra” (GS 78) y lo repitió Juan Pablo II: “«En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza, y les amenazará hasta la Venida de Cristo, el peligro de la guerra»” (19-11-2000).
Por lo tanto, el Papa Pío XI había acertado en la diana: si los pecados provocaban las guerras, había que evitarlos y pedir perdón a Dios por ellos.
No se le hizo caso.
Pocos años después estallaba la Segunda Guerra Mundial, con más de 65 millones de muertos.

Para intuir el futuro que nos espera, tenemos que hacernos esta pregunta: ¿Se convirtió el mundo después? Parece que no…
En 1972 me dijeron en la Sda. Congregación para la Doctrina de la Fe que les llegaban datos de todo el mundo de que había muchas apariciones de la Virgen anunciando exactamente lo mismo que en Fátima, aunque con más urgencia: o la humanidad se convertía, o vendría algo peor que la Segunda Guerra Mundial.
Ciertamente, la situación mundial es hoy alarmante bajo muchos aspectos.
Y, como antaño Pío XI, el 13 de marzo de este año de 2015, el Papa Francisco convoca un Jubileo extraordinario centrado en la Misericordia de Dios. Un Año Santo de la Misericordia.

También ha puesto el dedo en la llaga o la flecha en la diana.
La palabra que más necesita el hombre de hoy no es “economía” o “política”, sino “Misericordia”. “Nunca como en este tiempo ha tenido el hombre tanta necesidad de misericordia, indispensable para el progreso humano, civil y social” (Juan Pablo II: 22-11-81). Un “mundo en pedazos” necesita un mensaje de misericordia y amor.
Hemos construido un mundo fascinante, perfecto técnicamente, pero frío, inhumano, despersonalizado. Se considera al hombre como un número: DNI, NIF….

La Misericordia, bien entendida, nos abre los nuevos horizontes de una Espiritualidad.
En primer lugar, una “nueva” relación con Dios. Necesitamos conocer a Dios como Perdón, Amor y Ternura para convertirnos, no desanimarnos, ni atascarnos. Para salir de la soledad, el vacío, la rutina, la amargura, la mediocridad… Para basar nuestra vida espiritual en un fundamento capaz de entusiasmar.
“¿Qué sería del hombre si no hubiera en el cielo un Padre que le acompaña y le ama con la generosidad de su Providencia, y le perdona con la generosidad de su Misericordia?”. (Juan Pablo II: 22-11-81).
Necesitamos que Dios nos dé su Paz: «El género humano no encontrará la paz mientras no se vuelva hacia la Fuente de mi Misericordia» (Jesús a santa Faustina Kowalska).
En segundo lugar, abre una “nueva” relación con el prójimo. No de odio, rivalidad, envidias, egoísmos, frialdad, aislamiento, recelos, sino de perdón, comprensión, amor, sensibilidad, cariño. La Misericordia es la única que puede establecer la “Civilización del Amor”.
En tercer lugar, establece una “nueva” relación con nosotros mismos, de comprensión, perdón, reconciliación,… aceptando nuestro pasado, aceptándonos como somos y aspirando a lo que debemos ser.

Jesús ha venido a revelarnos el Rostro misericordioso de Dios. Pero son muy pocos los que le ven, los que descubren la Misericordia de Dios. Por eso el Papa nos vuelve a dirigir hacia la Misericordia de Dios, que tiene que realizar un cambio en nosotros, haciendo que nuestros corazones sean misericordiosos, llenos de amor, de ilusión, de confianza en Quien dijo “Mi Paz os doy”.
El día en que la Misericordia llene toda la tierra, podremos decir felices: «Padre, ya ha llegado a nosotros tu Reino».

P. Ángel Rojas, S.J.

“La Confesión, el beso de la Misericordia”

Parte de la preciosa oración de Sto. Tomás de Aquino: preparación para comulgar.

La Confesión, el beso de la Misericordia

“Dios omnipotente y eterno,

Me acerco al sacramento de tu Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo,

como ENFERMO, al Médico de la Vida,

como SUCIO a la Fuente a la Fuente de la MISERICORDIA,

como CIEGO a la Luz de la Claridad Eterna,

como POBRE e INDIGENTE al Señor de Cielo y Tierra.

 

Ruego a la abundancia de tu generosidad

que te dignes curar mi enfermedad,

limpiar mi fealdad.

iluminar mi ceguera,

enriquecer mi pobreza,

vestir mi desnudez,

 

para que pueda recibir al Pan de los Ángeles,

al Rey de los Reyes, al Señor de los Señores,

con tanta reverencia y humidad,

con tanta contrición y devoción,

con tanta pureza y fe,

con tal propósito y deseos,

comoconviene a la salud de mi alma (…)”

 

Lo que se cumple plenamente en la CONFESIÓN, Sacramento del Amor Misericordioso.

De la Confesión salgo curado,limpio,contemplando la LUZ, rico y vestido con la Vestidura nupcial.

La Confesión: la mejor preparación para COMULGAR.

 

D. Manuel L.