» Colaboraciones

Gracias, Señor, por tu Misericordia

"La Resurrección de Lázaro", Rubens

«La Resurrección de Lázaro», Rubens

Gracias Señor por tus misericordias,
que me cercan en número mayor
que las arenas de los anchos mares
y que los rayos de la luz del sol.
Porque yo no existía y me creaste,
porque me amaste sin amarte yo,
porque antes de nacer me redimiste,
Gracias, Señor.

Porque me diste a tu bendita Madre,
y te dejaste abrir el corazón
para que en él hallase yo refugio.
Gracias, gracias, Señor.

Porque yo te dejé y Tú me buscaste,
porque yo desprecié tu dulce voz
y Tú no despreciaste mi miseria.
Gracias, Señor.

Porque arrojaste todos mis pecados
en el profundo abismo de tu amor,
y no te quedó de ellos ni el recuerdo.
Gracias, gracias, Señor.

Porque bastaba para redimirme
un suspiro, una lágrima de amor
y me quisiste dar toda tu Sangre.
Gracias, Señor.

Por todas estas cosas y por tantas,
que conocemos nada más Tú y yo
y no pueden decirse con palabras.
Gracias, Señor.

¿Qué te daré por tantos beneficios?
¿Cómo podré pagarte tanto amor?
Nada tengo, y nada puedo.
Mas quisiera desde hoy
que cada instante de mi pobre vida,
cada latido de mi corazón,
cada palabra, cada pensamiento,
cada paso que doy
sea como un clamor, que te repita
lleno de inmensa gratitud y amor
¡Gracias, Señor, por tus misericordias!
¡Gracias, gracias, gracias, Señor!

Acto de Confianza

San Claudio de la Colombiére, SJ. (1641-1682)

Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en Ti, y de que no puede faltar cosa alguna a quien de Ti espera todas las cosas, que he determinado vivir en adelante sin ningún cuidado, descargando en Ti todas mis preocupaciones. “En paz me duermo y en seguida descanso, porque Tú, Señor, me has confirmado singularmente en la esperanza” (Sal 4, 9)

Despójenme los hombre de los bienes y de la honra, prívenme las enfermedades de las fuerzas e instrumentos de servirte; pierda yo por mí mismo la gracia pecando; que no por eso perderé la esperanza, antes la conservaré hasta el último suspiro de mi vida, y vanos serán los esfuerzos de todos los demonios del infierno para arrancármela.

Aguarden unos la felicidad de sus riquezas o de sus talentos; descanses otros en la inocencia de su vida, en la aspereza de su penitencia, en la multitud de sus buenas obras o en el fervor de sus oraciones; en cuanto a mí, toda mi confianza se funda en mi misma confianza, en la seguridad con que espero ser ayudado de Ti – “porque Tú, Señor, me has confirmado singularmente en la esperanza”. Confianza como ésta jamás a nadie salió fallida: “nadie esperó en el Señor y quedó confundido” (Sir 2, 11)

Así que, seguro estoy de ser eternamente bienaventurado, porque espero firmemente serlo y porque Tú, Dios mío, eres de quien lo espero todo: “en Ti, Señor, he esperado, no quedaré confundido jamás” (Sal 30,2; 70,1).

Bien conozco que, por mí soy frágil y mudable; sé cuánto pueden las tentaciones contra las virtudes más robustas; he visto caer las estrellas del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de eso logra acobardarme.

Mientras espere de veras, estoy a salvo de toda desgracia; y estoy cierto de que esperaré siempre, porque espero también esta esperanza invariable.

En fin, para mí es seguro que nunca será demasiado lo que espere de Ti, y que nunca tendré menos de lo que haya esperado. Por tanto, espero que me sostendrás firme en los riesgos más inminentes y me defenderás de los ataques más furiosos y harás que mi flaqueza triunfe de los más espantosos enemigos.

Espero que me amarás a mi siempre, y que no te amaré a Ti sin intermisión. Y para llegar de un vuelo con la esperanza hasta donde puede llegarse, yo te espero a Ti mismo, de Ti mismo, oh Creador mío, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

¿Qué vemos en el rostro de Cristo?

Roma, 21 de marzo de 2019

Dicen que nadie es culpable de nacer con una cara, pero sí de la cara que tiene a los cincuenta años. Prescindiendo de su belleza o fealdad, hay rostros que atraen y otros que repelen. Y es que el rostro, especialmente los ojos, son el reflejo del alma. Dime cómo me miras y te diré cómo esperas que yo te mire.

¿Qué vemos cuando miramos el rostro de Cristo?

En primer lugar, me gustaría fijarme en el rostro que encontramos en el cuadro “Cristo abrazado a la cruz” del Greco. Vemos a Jesús con una corona de espinas, llevando la cruz y rodeado de tinieblas (las que le rodearon en su pasión). Y ¿qué descubrimos en su rostro? Sus labios, suavemente cerrados reflejan serenidad; sus manos, abrazadas a la cruz, manifiestan fortaleza; sus ojos, elevados al Padre, parecen orar, estar extasiados, incluso tienen el brillo de la alegría y de la paz. Ojos que van más allá de las espinas de su corona y del madero de la cruz para encontrarse con la amorosa mirada del Padre y reflejan no solo su confianza y abandono Filial, sino su Amor y fascinación por “el Padre Eterno”. Este cuadro nos manifiesta la realidad de la Pascua. Por una parte, la grandeza inaudita del hombre, de cada hombre; que ha merecido que Cristo, el Hijo de Dios, sea su Redentor. Por otra, nos desvela la profundidad del amor de Dios al hombre. Un Amor que no se echa atrás ante el pecado del hombre ni ante la muerte en cruz para poder salvarnos. Un Amor que es Fiel en medio de nuestras infidelidades, que es Veraz en medio de nuestras mentiras, que es Heroico en medio de nuestras mediocridades, que es Eterno en contraposición a todo lo demás que pasa. Un Amor que, crucificado en la cruz, está dispuesto a pedir nuestra misericordia para que pueda entrar en nuestro corazón el verdadero Amor que viene de lo alto.

A continuación, miremos el cuadro del Cristo de la Misericordia. Un cuadro que surge del deseo del Señor de que santa Faustina pida a un pintor que realice un cuadro suyo tal y como le veía la santa en sus apariciones. ¿Qué vemos ahí? A Cristo resucitado, que lleno de gozo y fuerza, nos invita a ser sus amigos. Sus pies salen a nuestro encuentro, sus manos nos bendicen señalando el Cielo y nos invitan a entrar en su Corazón. Y precisamente, de ahí, de su Corazón, salen los rayos que nos iluminan, limpian, fortalecen y nos unen a Él. Su Luz nos ilumina y nos saca de nuestras tinieblas. Sus ojos nos miran y entran en nuestro interior; nos sabemos reconocidos y comprendidos. Y sus ojos, no tienen asco de nuestras miserias, ni recriminan nuestros pecados; sus ojos nos manifiestan que nos ama, que ha venido a buscarnos, que quiere sacarnos de nuestra bajeza. Sus ojos nos hablan de que quiere ayudarnos a convertirnos, a enseñarnos a amar a Dios y a los nuestros; a Amar de verás, como nunca nos hubiéramos creído capaces. Y ante esos ojos, ¡qué fácil es pedir perdón y ayuda! Porque me aman y me comprenden. Porque Él es Dios, que ha vencido al pecado y a la muerte; y que quiere vencer mi pecado y mi muerte eterna. Y sus labios, sonrientes y firmes, me susurran: ¡Sígueme!, ¡No tengas miedo!, ¡Yo estoy contigo todos los días! ¡No te dejaré!

Parémonos ante el rostro de Jesús, mirémoslo atentamente, sin prejuicios ni falsos miedos. Y entonces quizás podamos decir con fuerza: ¡Jesús, confío en ti! Sí, porque desde toda la eternidad tú has confiado en mí y te lo has jugado todo por mí, para que yo tenga Vida y en abundancia.

Palabras de Jesús a Santa Faustina tomadas de su Diario:

“Mi misericordia es más grande que todas las miserias de tu alma y las del mundo entero. Por tu alma bajé del cielo a la tierra, me dejé clavar en la Cruz, y permití que mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, para así poder abrir la Fuente de mi Misericordia ” (Diario 1485)

“Cuando te acerques a la Confesión, sumérgete en mi Misericordia con gran confianza… Al confesarte, debes saber que Yo mismo te espero en el confesionario, oculto en el sacerdote… Si tu confianza es grande, mi generosidad no tendrá límites” (Diario 1602)

“Ningún pecado, aunque sea un abismo de corrupción agotará mi Misericordia. Aunque el alma sea como un cadáver en plena putrefacción, y no tenga humanamente ningún remedio, ante Dios sí lo tiene” (Diario 1448)

P. Martínez

El mejor fruto del Jubileo de la Misericordia

corazon-de-mariaAl acabar el Año Jubilar de la Misericordia podemos ofrecer al Señor un fruto que dé continuidad a los dones que hemos recibido de Dios en este año.  Durante este año hemos comenzado, recomenzado o impulsado nuestra vida de hijos de Dios. ¡Qué alegría! ¡Qué bueno es Dios! Él es nuestro Padre y hace posible que nos levantemos de nuestras miserias y vivamos como auténticos cristianos a semejanza de Jesucristo, María y los santos.  El Espíritu Santo, a través de los Sacramentos y en la vida de la Iglesia, renueva nuestro corazón y el de nuestras familias para ser fuente de esperanza y gozo en medio del mundo.

Sabemos la gran vocación a la que el Señor nos llama y, al mismo tiempo, conocemos nuestra debilidad en el día a día. Por eso, un gran fruto de este Jubileo de la Misericordia es consagrar nuestra vida y familia a los Corazones de Jesús y María. Ellos nos ayudarán a continuar el camino que la Misericordia nos ha abierto.  Un camino con dificultades y obstáculos pero que de la mano de Jesús y María podemos recorrer hasta la casa del Padre.  Si Dios está con nosotros, ¿Quién contra nosotros?

A continuación ofrezco unas fórmulas como ejemplos.  Están pensadas para una familia. Sería preferible que cada persona o familia redacte la suya con las razones que le muevan o los propósitos que desee hacer.

P. Martínez

 

Consagración al Inmaculado Corazón de María (Del matrimonio o de la familia entera)

Inmaculada Virgen María, Tú has vivido junto a Jesús tu vocación al amor: como hija, esposa y madre, conoces de cerca nuestras luchas en el camino de la familia.

Como Hija te abandonaste completamente en Dios Padre, prestándole el homenaje de tu entendimiento y voluntad, y cooperando a su gracia en una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo.

Como Madre, engendraste en tu seno al Hijo de Dios, consagrándote totalmente a ti misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de tu Hijo; y nos acogiste a todos nosotros como hijos a través de la Iglesia.

Como Esposa, avanzabasen la peregrinación de la fe bajo la acción del Espíritu Santo ante los insondables designios de Dios.

Como Maestra, Jesús aprendió, en el limpio espejo de tu Corazón, a vivir como Hombre su eterna consagración al Padre en su Amor Redentor.

Nosotros, N.N.,  N.N., N.N.,  ….llenos de alegría y esperanza, venimos hoy a ti, como a nuestra  Madre y Maestra,  para consagrarnos a tu Inmaculado Corazón.

Queremos confiarte, Madre, el Tesoro que el Señor ha puesto en nuestras manos y que llevamos en vasijas de barro.  Te encomendamos hoy nuestra familia para que hagas de ella un hogar para tu Hijo.

Que el Señor pueda entrar en nuestra casa como en la de Lázaro, su amigo, sin llamar a la puerta, sabiéndose siempre esperado y bienvenido.  Que el amigo de Lázaro sea también el nuestro y el de nuestros hijos, y comparta con nosotros las esperanzas y los temores, la alegría y los dolores de la vida.

Te pedimos, Madre, que nos enseñes a vivir como Marta y María entregando al Señor todo nuestro tiempo en la unidad de trabajo y descanso, oración y acción.

Ayúdanos a reconocer en nuestra familia el santuario de la vida y la esperanza de la sociedad.  Haz crecer a nuestros hijos en edad, sabiduría y gracia, para que puedan ser los testigos del tercer milenio.  Que como en Caná, nuestra pobre agua pueda transformarse en vino nuevo capaz der ser reflejo del Amor de Dios para que el mundo pueda conocer a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Oh María, revélanos el plan maravilloso de Dios sobre nuestra familia.  Muéstranos tu protección de Madre y ponnos junto a tu Hijo Jesús, nuestro Maestro y Amigo.  Amén.

 

Consagración de la familia al Corazón de Jesús  (Toda la familia)

Jesús, Señor y Salvador nuestro, nos reunimos ante tu imagen para ofrecer a tu Corazón Sagrado nuestra casa y nuestras personas, por mediación de nuestra Madre, la Virgen María, que desde el cielo nos acompaña, nos sonríe y nos ayudará a cumplir el compromiso que ahora contraemos contigo.

Hoy muchos te arrojan de sus puestos de trabajo, de sus viviendas y de sus relaciones familiares.

Nosotros te recibimos contentos y agradecidos en nuestro hogar;  te necesitamos y queremos que vivas con nosotros, participando de nuestras alegrías y de nuestras penas, de nuestra riqueza y de nuestra pobreza, de nuestros triunfos y de nuestros fracasos.

Señor, no somos dignos de que entres en nuestra casa; pero tú, que fuiste a la del Centurión, entraste en la de Zaqueo, y te hospedaste en la de Marta y María, quédate con nosotros para siempre, que procuraremos no hacer nunca algo que te disguste.

Señor Jesús, que nos ofreces tu corazón, como señal y prenda de cuánto nos amas, ilumínanos en nuestras dudas y adviértenos en nuestros peligros;  ayúdanos en nuestras tentaciones y consuélanos en nuestros sufrimientos;  oriéntanos en nuestras resoluciones y, sobre todo, enciende en nuestros corazones un gran amor a Ti y a nuestros prójimos.

Que nuestra vida sea un auténtico testimonio de fe, esperanza y caridad;  que hagamos bien a cuantos nos rodean, viéndote en ellos a Ti, y que al fin de nuestra peregrinación por este valle de lágrimas, todos nos reunamos contigo en el cielo, con la Virgen María, nuestra Madre, los santos de nuestra devoción y las personas queridas que nos han precedido en su camino a la casa del Padre.

Así te lo prometemos, Jesús, ante la imagen de tu Corazón;  así te lo pedimos y así lo esperamos de Ti, que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.  Amén.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

¡Inmaculado Corazón de María, se la salvación mía!

 


La Consagración al Corazón de Jesús se aconseja, no es imprescindible, hacerla a la vez que un sacerdote entronice en casa una imagen o cuadro del Corazón de Jesús y bendiga  casa.  También esaconsejable que se renueve en familia todos los años en la misma fecha (no es necesario repetir la bendición de la casa).Por otra parte, convieneponer junto a la imagen Agua Bendita (bendecida por un sacerdote) para que puedan usarla todos los miembros de toda la familia.

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

Cristo-de-Ribalda¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

Lope de Vega

Carta de «Faustinum» – Pascua 2016

Carta enviada al Apostolado de la Misericordia Divina en Burgos por la Hna. M. Alicja Zelmańska ZMBM, Presidenta de “Faustinum”, con ocasión de la Pascua de 2016.

“Faustinum” es una asociación con sede en el monasterio de Cracovia donde vivió unos años y murió Sor M. Faustina Kowalska, y cuyo fin es la difusión de la Devoción de la Divina Misericordia.

2016-felicitacion-pascual

El esfuerzo de acoger la Misericordia

misericordiosos“¡Cómo ha quedado sola la ciudad populosa!
La grande entre las naciones se ha vuelto como viuda,
La señora de provincias ha sido hecha tributaria.
Amargamente llora en la noche, y sus lágrimas están en sus mejillas.
No tiene quien la consuele de todos sus amantes;
Todos sus amigos le faltaron, se le volvieron enemigos”

(Lamentaciones 1, 1-2)

 

Cuando uno se junta con los amigos es normal comentar cómo van las cosas.  Y, con frecuencia, esos comentarios desembocan en “lamentaciones”.   Ciertamente nos rodean muchas cosas buenas; pero, por otra parte, tampocofaltanlas malas.  Incluso a veces, parece que abundan más las malasnoticias que las buenas.   Basta conabrir un periódico, oír el telediario o ponerse a charlar con un amigo….

Por otra parte, especialmente durante este año Jubilar de la Misericordia, oímos constantemente hablar de la bondad de Dios, de su constante ternura y Misericordia para con nosotros.  Pero, siendo sinceros, en lo que llevamos de año ¿han cambiado mucho las cosas?

Hace unas semanas se dio a conocer una entrevista realizada hace unos meses por Jacques Servais al Papa emérito Benedicto XVI.   En ella me llamó la atención un comentario sobre el hecho de que hace siglos el hombre creía tener necesidad de justificarse ante Dios. Sin embargo, el hombre de hoy, cree más bien que Dios tiene que justificarse por todas las cosas terribles que ocurren en el mundo.

Dicho de otra forma: Si Dios es bueno y misericordioso ¿Por qué permite que haya tanto mal?  No es Él, yaque nos ha creado así, ¿el último responsable de los terremotos, de las guerras, de las injusticias? En el fondo… ¿no es Él, el último responsable del pecado?Y así podríamos seguir, una y otra vez preguntándonos: Dios, ¿Acaso no comprende, mejor que yo mismo, todos mis problemas y dificultades? ¿Acaso no sabe lo complicando que es, no ya vivir según unos “ideales” sino lograr si acaso “ir tirando”?Y aún diría más, si Dios es compasivoy misericordioso, ¿Acaso es posible que alguien pueda condenarse por toda la eternidad?  La respuesta del “hombre de hoy” es muy clara:   ¡por supuesto que no!, ¡solo faltaría que después de lo duro que es vivir esta vida tuviéramos como “recompensa” un sufrimiento eterno!  Dios, que es justo, ¡no puede consentirlo!

Podríamos llenar páginas enteras con nuestras “justas” lamentaciones ante Dios.  Quizás repitiéndolas una y otra vez podamos llegar a tranquilizar nuestras conciencias asegurándonos que son ciertas…

No se trata de ir respondiendo una a una a todas estas presuntas ofensas recibidas.  Hay que ir a la raíz.  Este planteamiento, que tan familiar se nos ha hecho, ¡es falso! ¡Tremendamente falso! Nos hemos acostumbrado a pensar que es justo que todo el mundo, Dios incluido, gire en torno a nosotros.   Soy yo el que tiene problemas, soy yo el que sé lo que me conviene, soy yo el que tengo razón, soy yo el que necesita ayuda, soy yo el que tengo derecho a disfrutar, soy yo el que…  Dios y los demás están ahí para que yo pueda “vivir bien” y, en el peor de los casos, para reconocer “cuanto sufro”.  El mundo perfecto sería aquel en el que cada uno hiciera lo que quisiera sin quenadie le moleste.  ¡Qué maravillosa sería una realidad virtual donde todo ocurriera a mi capricho y donde, siendo el héroe de la película, no fuese necesario cansarse y esforzarse para que todo terminase bien!

Es necesario despertarse de este sueño.  Quizás baste con que suene el despertador o con que alguien encienda la luz. Quizás sea necesario, en los casos más dramáticos, que alguien nos eche encima un cubo de agua fría… Lo importante es despertarse.  Despertarse para vivir.  Vivir ya no un sueño, más o menos bonito, sino la vida.  La vida con mayúsculas: la Vida.

Una Vida que es el gran regalo de Dios. Dios que desde toda la eternidad ha deseado que naciéramos para ser sus hijos.  Dios que nos ha dado toda la creación como nuestro hogar para poder gozar con Él de su Vida siendo parte de su Familia.  Dios que cuando nosotros nos alejamos de Él por el pecado viene a nuestro encuentro desde la Cruz, para perdonarnos y ayudarnos a seguir sus pasos hacia la casa del Padre.  Una Vida en la que no estamos solos, sino que nos descubrimos hijos amados del Padre y hermanos de todos nuestros semejantes.

No.  El mal no es culpa de Dios.  El mal existe por culpa del pecado de los hombres, por mi pecado, que rechaza a Dios como Padre y como única fuente de la Vida. Que rechaza a los hombres como hermanos y amigos en el caminar. Pero Dios… ¿Cómo iba a dejar sufriendo en su pecado al hombre que hizo libre para poder amarle como hijo?¿No acudirá a su encuentro para levantarle y enseñarle con su Graciaa vivir como hijo, como El Hijo, como Jesucristo? Sí… Por supuesto que sí.

Jesucristo nos invita a seguirle de un modo libre y responsable.  Nos invita a construir con Él,y en Él, una familia: la familia de los hijos de Dios, de la Iglesia.  Nos invita a remarmar a dentro, hasta el corazón de la Trinidad, hasta el Corazón del Padre.   Y esto  a través de nuestros actos concretos, ni más ni menos.  De nuestras luchas, de nuestro trabajo, de nuestras tristezas y alegrías;  que se convierten en Su lucha, Su trabajo, Su tristeza y Su alegría.   Porque estamos llamados a ser uno con Él, como Jesucristo es uno con el Padre en el Espíritu Santo.

Es necesario despertar del sueño y respirar el aire fresco de la mañana para que el Espíritu Santo inunde nuestros pulmones y nos permita levantarnos de nuestro lecho y seguir al Señor.  Quizás, nada más levantarnos, sea necesario poner fin a la oscuridad y a las tinieblas de la noche;  rechazar el pecado y a Satanás y a sus obras, con el Bautismo o una buena confesión sacramental.  Hecho esto, cojamos la mano del Señor y de los hermanos (familia, comunidad cristiana y amigos) y pongámonos en camino.  En mitad de la jornada no nos faltará el Pan del Camino, la Eucaristía, que renovará nuestras fuerzas haciéndonos uno con Cristo.  En los momentos de mayor dificultad o peligro, no nos faltará la ayuda yla ternura de nuestra Madre, la Virgen, que nos animará y protegerá. ¡Cuánto nos ayuda María a través del rezo diario del Santo Rosario!  Y si caemos en medio del camino o nos envuelven las tinieblas de la noche, siempre estará el Señor a nuestro lado, que en la confesión sacramental nos levantará y nos iluminará con su Luz Eterna, Omnipotente y Misericordiosa.

Despertar, levantarse y caminar.  Sin esperar a mañana, sin miedo a fracasar ni a enfrentarse a losenemigos, sin falsos complejos ni medias tintas.  Con la decisión de quien ha encontrado un Amigo que, saliendo a su encuentro, le ha recibido en el calor de una Familia.

Despertar, levantarse y caminar.  Hoy, ahora,siempre…  dejándose mirar por María y Jesucristo que nos invitan a ser santos hoy, ahoray siempre, con la gracia del Espíritu.  Porque con Jesús y María, ¿qué no podremos conseguir?  Si ellos están con nosotros ¿Quién contra nosotros?

Despertar, levantarse y caminar.  Cristo te espera ya en el Sagrario, ¿a qué esperas?  Mañana quizás sea ya tarde…

¡Despierta!  ¡Levántate! ¡Camina!   Cristo te llama…   ¡Acude a su encuentro!

 

P. Martínez

Icono de la Divina Misericordia

Cristo Div Corrección Foto Ionut aEn el convento de Plock, el 22 de febrero de 1931, inició Jesús sus revelaciones sobre la Devoción a la Misericordia Divina. Santa Faustina Kowalska nos lo relata así:

Al anochecer, estando en mi celda, vi al Señor Jesús vestido con un túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. En silencio, atentamente miraba al Señor, mi alma estaba llena del temor, pero también de una gran alegría.

Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, confío en Ti. Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y [luego] en el mundo entero. Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé como Mi gloria” (I, 18)

En otra ocasión el Señor dijo que también entraba dentro de esta Devoción la imagen de Jesús crucificado, con dos rayos que brotan de su costado y la invocación: “Jesús, confío en Ti”. Así nos mostraba cómo la fuente de la Misericordia es el valor redentor de la muerte de Cristo en la Cruz.

El Cuadro de la Misericordia nos recuerda la confianza total que debemos tener en Cristo y el amor misericordioso que debemos tener nosotros con el prójimo. Es decir, Cristo no sólo perdona nuestros pecados sino que es capaz de hacernos santos, partícipes de su misma Vida: ¡porque es eterna su Misericordia!

Por tanto, la promesa del Señor no está condicionada a una pintura concreta, no es el cuadro el que da las gracias como si fuera un “talismán mágico”; es Cristo mismo quien las da a través de él haciendo a sus devotos capaces de recibir las gracias que desbordan su Corazón.

Cristo siempre está deseando darnos sus dones y gracias; pero nosotros, con frecuencia, no nos damos cuenta de ello o somos indiferentes ante su bondad. Por eso, tantas veces, no llegan a nosotros los dones de Dios. No por falta del Amor de Dios; sino porque nosotros no estamos en disposición de recibirlos.

El Cuadro de la Misericordia nos hace presente el Amor de Dios; nos recuerda que Él está con nosotros siempre; que nos ama siempre; que desea perdonarnos siempre; que nos quiere ayudar con su Gracia siempre. Basta que nosotros le miremos y, confiando en Él, le abramos nuestras vidas para que Él las transforme.

El Cuadro de la Misericordia no es una mera foto que me recuerda un ser querido que esté lejano o que haya fallecido. No. El Cuadro de la Misericordia me recuerda que Cristo está junto a mí; ahora, en este lugar, en estas circunstancias; y está junto a mí porque me ama, me comprende, desea perdonarme y cambiar mi vida para tenga Su Vida y la tenga en abundancia.

Una de las ideas que definen los iconos bizantinos es que hacen presente la imagen que representan. Por eso hemos pedido al Hno. IoanPatriciu Gotia, dcjm que realizara un icono de la Misericordia.   Este icono asume los elementos pedidos por Jesús a Santa Faustina y que tienen otras imágenes de la Misericordia (el Señor vestido con una túnica blanca; una mano levantada, como para bendecir, la otra descansaba sobre el pecho; de la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido; la firma: “Jesús, confío en ti”) poniéndolos en relación con el misterio de la Pascua según señaló el Señor (crucifixión, muerte y resurrección del Señor).

En el icono, vemos que Cristo Resucitado sigue llevando las llagas de su Pasión en la cruz (el signo de los clavos y del costado abierto por la lanza), pero ahora de sus llagas resplandece la luz dorada de su victoria sobre la tiniebla del pecado. Son el sello del amor entregado hasta el final según lo testimonia también el rojo de la cruz marcada dentro de la aureola dorada del Señor. La mano izquierda del Señor descansa sobre su pecho y a la vez indica hacia el Corazón abierto, para introducirnos en el misterio de su amor por el Padre y por los hombres.

El rostro luminoso del Señor acoge con su mirada a todos los hombres necesitados de su misericordia, llamando a cada uno a unirse a su Pasión para la redención de los hombres.

Los rayos simbolizan el agua y la sangre que brotaron de su costado. Son signos del don del Espíritu Santo; del Bautismo y la Eucaristía; de la fuente de la Misericordia de Dios que sigue llegando hasta nosotros en la Iglesia.

Agradecemos profundamente al Hno. IoanPatriciu Gotia que aceptara nuestra petición y que la haya realizado con un profundo sentido fe. Pedimos a María, Madre de la Misericordia, que este icono de la Misericordia Divina ayude a los alejados a acercarse a Cristo, a los tibios a enfervorizarse y a todos los cristianos a vivir la plenitud de la Vida en Cristo. ¡Porque es eterna su Misericordia!

Apostolado de la Misericordia Divina

(Algunas de las ideas aquí expresadas están tomadas del Rev. Dr. Ignacio Rózycki, Ponencia “El creyente ante la Misericordia Divina”, Cracovia, 19-20 febrero 1981.)

Vacaciones y Misericordia

¡Qué calor hace! En estas fechas no paramos de oír y repetir estas tres palabras. Verdaderamente hace calor. Un calor que invita al descanso, al no hacer nada, a las vacaciones… Algunos podrán disfrutar de unos merecidos días de descanso; para otros no será posible. Y la “misericordia” ¿tendrá también sus vacaciones?

En estos días todos sentimos la tentación de pensar que “por fin tengo unos días para mí mismo”. Esta idea, en sí misma, tiene el riesgo de encerrarnos y dejarnos en una burbuja. Me parece mucho más apropiado decir “por fin tenemos unos días para nosotros”. Sí, para nosotros. El “nosotros” de la familia, de los amigos, de Dios. Son días para vivir y gozar de los “nuestros”. Días para crecer en el amor y en la amistad. Para que los hijos experimenten el amor de los padres, para que los padres descubran cuanto les quieren y necesitan sus hijos, para que los esposos puedan crecer en su amor, para profundizar esta o aquella amistad, para conocer un amor que podrá ser para siempre. Durante el año vamos con un poco de prisa, parece que a veces no tenemos tiempo para lo que más nos importa en nuestra vida. Y precisamente esas prisas son una excusa perfecta para no fijarnos en los demás, para no ser delicados en el trato con ellos, incluso para no tener demasiada paciencia con los defectos de siempre. Y todo ello, precisamente, con los que más queremos.

Por ello las vacaciones se presentan ante nosotros como un tiempo especial para la Misericordia.   Para dedicar un tiempo a la oración descubriendo qué grande es la Misericordia de Dios para con nosotros.   Para mirar más a mis hijos, marido, esposa, amigos o conocidos con los mismos ojos de Misericordia con los que me mira Jesucristo. Es un tiempo para que, viviendo la Misericordia, crezca nuestro amor y nuestra vida se haga realmente más grande y bella. Porque las vacaciones son eso: un tiempo especial para crecer en el amor. Para que nuestro corazón pueda descansar con los míos en Dios. Para que pueda latir con más fuerza, con más alegría de modo que nos impulse a seguir caminando cogidos de la mano con un paso más decidido y confiado.

Sí. Las vacaciones son tiempo de Misericordia porque son un tiempo de encuentros más profundos; es momento de curar heridas, de perdonar, de volver a intentarlo, de aprender a caminar juntos, de confiar, de hacer que nuestro amor sea capaz de crecer. Es momento de descubrir la maravilla de avanzar juntos a pesar de los problemas y conflictos; más aún, de descubrir en esos problemas un escalón que nos permite subir a una cima más hermosa, con un horizonte más amplio. Es esa Misericordia la que nos permite vivir el gozo de la familia, de la amistad, de la comunidad, de ser hijos de Dios. Es esa Misericordia la que nos permite mirarnos a los ojos descubriéndonos a nosotros mismos en esa mirada que veo frente a mí.

El calor nos da sed; ¡Cuánto agua bebemos en verano! Esto nos recuerda una que también necesitamos beber del agua que sacia para siempre. Necesitamos beber del agua que Cristo nos da. ¡Bebamos de la fuente de la Misericordia, para que nuestra vida sea un manantial capaz de saciar a los que nos rodean!   Pidamos al Señor que bendiga nuestra familia y amistades con el don de su Misericordia, de su Amor. Que nos haga capaces de amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado; de hacer de nuestras familias un verdadero remanso de gozo y paz que nos permita enfrentarnos con decisión y fuerza a las pequeñas o grandes batallas de cada día.

Ahora en verano, ¡bebamos el agua que Cristo nos da! Bebamos su perdón en el sacramento de la reconciliación, bebamos su Verdad a través de la oración y llenémonos de su Amor en el sacramento de la Eucaristía.   Más aún, bebamos todos juntos. Vayamos en familia o con los amigos a confesarnos, a hacer oración, a la Eucaristía; vayamos todos juntos a hacer alguna obra de misericordia y descubriremos que el Señor no sólo ha querido darnos su Misericordia sino que ha querido hacernos fuente de Misericordia.

Pidamos al Señor que este verano nos llene con su Misericordia. Ahora que hay más tiempo y menos prisas. ¿No sería hermoso dedicar un tiempo a rezar todos los días el Rosario de la Misericordia? Cinco minutos, no más. Cinco minutos con mi familia o amigos con el Señor. Pidiendo a Dios su Misericordia y recibiéndola a la vez. “Pedid y se os dará; Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá”. Todos juntos para recibir juntos, para hallar juntos, para entrar juntos.

El verano es tiempo de Misericordia. De recibirla y de darla. De vivir la Misericordia de Dios y de practicarla con los que nos rodean. Que María, Madre de la Misericordia, nos ayude a vivir este verano de un modo nuevo, con el gozo y la paz de quien se sabe amado y tratado con Misericordia; como quien sabe que puede amar y tratar con Misericordia a aquellos que Dios ha puesto en su camino bajo su cuidado.

P. Martínez

¿Tolerancia o indiferencia?

2015 06, Cachorro de SevilllaEn el diccionario de la lengua española se define la tolerancia como el “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.

Hoy en día esta es una de las actitudes mejor consideradas en el ámbito socio-político y cultural. Más aún, es creencia común que sin ella no es posible la convivencia en una sociedad plural como la que existe en las así llamadas “sociedades democráticas”. La falta de tolerancia lleva a los radicalismos y, por tanto, al riesgo de desorden social o a la limitación de los derechos personales. El respeto al otro es la norma suprema en la relación con los demás.

Por otra parte, en el mismo diccionario se define la indiferencia como el “estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado”.

Y es aquí donde, presuponiendo el máximo respeto a la libertad de cada uno, me surge una pregunta:   en el fondo, ¿no podemos estar confundiendo la tolerancia con la indiferencia?

La indiferencia nos lleva a marcar un límite entre “el otro” y “yo”:   “haz lo que quieras pero a mí no me molestes”, “tu libertad y derechos acaban donde comienzan los míos”, “mientras a mí no me afecte me es indiferente lo que te ocurra”,… Esta indiferencia nos permite seguir viviendo nuestra vida sin sentirnos responsables de la de los demás aunque naufraguen en medio de sus problemas.

Es cierto que sentimos compasión cuando descubrimos el dolor de los demás. Nuestras lágrimas son sinceras, nos gustaría que todo le fuera bien, pero:   ¿Qué puedo hacer yo? ¿Acaso soy “un dios” capaz de resolver los problemas de los demás? Al final nuestras lágrimas se quedan en eso, en lágrimas que esconden nuestra indiferencia.

Lo que me importa soy yo. Un “yo” entendido de un modo individual y autónomo. Cualquier tipo de relación con los demás ha de valorarse en la medida en que me permita ser yo mismo y actuar libremente según mis criterios. Así, tolero a los demás en la medida en que no me molesten. Y, dicho sea de paso, me será fácil tolerarlos porque no me importan demasiado. Esta forma de vivir la tolerancia ignora y destruye la dignidad del otro. Esta visión, a veces, podemos descubrirla incluso en el trato con la familia y amigos.

¿En que se parece esta “tolerancia” a la tolerancia que mostró Jesús cuando, a punto de morir en la Cruz, dijo:   “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)?

Jesús fue tolerante hasta el punto de dejarse azotar y crucificar; de dejar que Judas lo traicionara; de dejar marchar al joven rico. Pero lo que diferencia su tolerancia de nuestra indiferencia es precisamente Su Misericordia. Una Misericordia que le lleva a perdonar y a tender una mano incluso a sus enemigos para que “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Jesús es como el padre de la parábola que todos los días esperaba con los brazos abiertos la vuelta de su hijo pródigo a casa; más aún, es el Buen Pastor que sale a buscar a su oveja perdida no para obligarla a volver sino para curar sus heridas y permitirla que pueda volver a su hogar una vez que lo haya descubierto como proprio.

La Misericordia de Jesús hace que su tolerancia no nos deje solos en medio del mundo, aislados de todos los demás; al contrario, nos permite sentirnos respetados y amados incluso cuando nos hemos alejado y perdido; de este modo la vuelta a casa no es una humillación sino un gozoso reencuentro con Aquél que no solo salió a buscarnos sino que dio su Vida para que pudiéramos vivir como “hijos del Padre”.

¿Tolerancia o indiferencia?   Yo diría, “Misericordia” siguiendo a Aquel que es la Verdad, el Camino y la Vida.

 

P. Martinez