¿Qué vemos en el rostro de Cristo?

Roma, 21 de marzo de 2019

Dicen que nadie es culpable de nacer con una cara, pero sí de la cara que tiene a los cincuenta años. Prescindiendo de su belleza o fealdad, hay rostros que atraen y otros que repelen. Y es que el rostro, especialmente los ojos, son el reflejo del alma. Dime cómo me miras y te diré cómo esperas que yo te mire.

¿Qué vemos cuando miramos el rostro de Cristo?

En primer lugar, me gustaría fijarme en el rostro que encontramos en el cuadro “Cristo abrazado a la cruz” del Greco. Vemos a Jesús con una corona de espinas, llevando la cruz y rodeado de tinieblas (las que le rodearon en su pasión). Y ¿qué descubrimos en su rostro? Sus labios, suavemente cerrados reflejan serenidad; sus manos, abrazadas a la cruz, manifiestan fortaleza; sus ojos, elevados al Padre, parecen orar, estar extasiados, incluso tienen el brillo de la alegría y de la paz. Ojos que van más allá de las espinas de su corona y del madero de la cruz para encontrarse con la amorosa mirada del Padre y reflejan no solo su confianza y abandono Filial, sino su Amor y fascinación por “el Padre Eterno”. Este cuadro nos manifiesta la realidad de la Pascua. Por una parte, la grandeza inaudita del hombre, de cada hombre; que ha merecido que Cristo, el Hijo de Dios, sea su Redentor. Por otra, nos desvela la profundidad del amor de Dios al hombre. Un Amor que no se echa atrás ante el pecado del hombre ni ante la muerte en cruz para poder salvarnos. Un Amor que es Fiel en medio de nuestras infidelidades, que es Veraz en medio de nuestras mentiras, que es Heroico en medio de nuestras mediocridades, que es Eterno en contraposición a todo lo demás que pasa. Un Amor que, crucificado en la cruz, está dispuesto a pedir nuestra misericordia para que pueda entrar en nuestro corazón el verdadero Amor que viene de lo alto.

A continuación, miremos el cuadro del Cristo de la Misericordia. Un cuadro que surge del deseo del Señor de que santa Faustina pida a un pintor que realice un cuadro suyo tal y como le veía la santa en sus apariciones. ¿Qué vemos ahí? A Cristo resucitado, que lleno de gozo y fuerza, nos invita a ser sus amigos. Sus pies salen a nuestro encuentro, sus manos nos bendicen señalando el Cielo y nos invitan a entrar en su Corazón. Y precisamente, de ahí, de su Corazón, salen los rayos que nos iluminan, limpian, fortalecen y nos unen a Él. Su Luz nos ilumina y nos saca de nuestras tinieblas. Sus ojos nos miran y entran en nuestro interior; nos sabemos reconocidos y comprendidos. Y sus ojos, no tienen asco de nuestras miserias, ni recriminan nuestros pecados; sus ojos nos manifiestan que nos ama, que ha venido a buscarnos, que quiere sacarnos de nuestra bajeza. Sus ojos nos hablan de que quiere ayudarnos a convertirnos, a enseñarnos a amar a Dios y a los nuestros; a Amar de verás, como nunca nos hubiéramos creído capaces. Y ante esos ojos, ¡qué fácil es pedir perdón y ayuda! Porque me aman y me comprenden. Porque Él es Dios, que ha vencido al pecado y a la muerte; y que quiere vencer mi pecado y mi muerte eterna. Y sus labios, sonrientes y firmes, me susurran: ¡Sígueme!, ¡No tengas miedo!, ¡Yo estoy contigo todos los días! ¡No te dejaré!

Parémonos ante el rostro de Jesús, mirémoslo atentamente, sin prejuicios ni falsos miedos. Y entonces quizás podamos decir con fuerza: ¡Jesús, confío en ti! Sí, porque desde toda la eternidad tú has confiado en mí y te lo has jugado todo por mí, para que yo tenga Vida y en abundancia.

Palabras de Jesús a Santa Faustina tomadas de su Diario:

“Mi misericordia es más grande que todas las miserias de tu alma y las del mundo entero. Por tu alma bajé del cielo a la tierra, me dejé clavar en la Cruz, y permití que mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, para así poder abrir la Fuente de mi Misericordia ” (Diario 1485)

“Cuando te acerques a la Confesión, sumérgete en mi Misericordia con gran confianza… Al confesarte, debes saber que Yo mismo te espero en el confesionario, oculto en el sacerdote… Si tu confianza es grande, mi generosidad no tendrá límites” (Diario 1602)

“Ningún pecado, aunque sea un abismo de corrupción agotará mi Misericordia. Aunque el alma sea como un cadáver en plena putrefacción, y no tenga humanamente ningún remedio, ante Dios sí lo tiene” (Diario 1448)

P. Martínez

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