Vacaciones y Misericordia

¡Qué calor hace! En estas fechas no paramos de oír y repetir estas tres palabras. Verdaderamente hace calor. Un calor que invita al descanso, al no hacer nada, a las vacaciones… Algunos podrán disfrutar de unos merecidos días de descanso; para otros no será posible. Y la “misericordia” ¿tendrá también sus vacaciones?

En estos días todos sentimos la tentación de pensar que “por fin tengo unos días para mí mismo”. Esta idea, en sí misma, tiene el riesgo de encerrarnos y dejarnos en una burbuja. Me parece mucho más apropiado decir “por fin tenemos unos días para nosotros”. Sí, para nosotros. El “nosotros” de la familia, de los amigos, de Dios. Son días para vivir y gozar de los “nuestros”. Días para crecer en el amor y en la amistad. Para que los hijos experimenten el amor de los padres, para que los padres descubran cuanto les quieren y necesitan sus hijos, para que los esposos puedan crecer en su amor, para profundizar esta o aquella amistad, para conocer un amor que podrá ser para siempre. Durante el año vamos con un poco de prisa, parece que a veces no tenemos tiempo para lo que más nos importa en nuestra vida. Y precisamente esas prisas son una excusa perfecta para no fijarnos en los demás, para no ser delicados en el trato con ellos, incluso para no tener demasiada paciencia con los defectos de siempre. Y todo ello, precisamente, con los que más queremos.

Por ello las vacaciones se presentan ante nosotros como un tiempo especial para la Misericordia.   Para dedicar un tiempo a la oración descubriendo qué grande es la Misericordia de Dios para con nosotros.   Para mirar más a mis hijos, marido, esposa, amigos o conocidos con los mismos ojos de Misericordia con los que me mira Jesucristo. Es un tiempo para que, viviendo la Misericordia, crezca nuestro amor y nuestra vida se haga realmente más grande y bella. Porque las vacaciones son eso: un tiempo especial para crecer en el amor. Para que nuestro corazón pueda descansar con los míos en Dios. Para que pueda latir con más fuerza, con más alegría de modo que nos impulse a seguir caminando cogidos de la mano con un paso más decidido y confiado.

Sí. Las vacaciones son tiempo de Misericordia porque son un tiempo de encuentros más profundos; es momento de curar heridas, de perdonar, de volver a intentarlo, de aprender a caminar juntos, de confiar, de hacer que nuestro amor sea capaz de crecer. Es momento de descubrir la maravilla de avanzar juntos a pesar de los problemas y conflictos; más aún, de descubrir en esos problemas un escalón que nos permite subir a una cima más hermosa, con un horizonte más amplio. Es esa Misericordia la que nos permite vivir el gozo de la familia, de la amistad, de la comunidad, de ser hijos de Dios. Es esa Misericordia la que nos permite mirarnos a los ojos descubriéndonos a nosotros mismos en esa mirada que veo frente a mí.

El calor nos da sed; ¡Cuánto agua bebemos en verano! Esto nos recuerda una que también necesitamos beber del agua que sacia para siempre. Necesitamos beber del agua que Cristo nos da. ¡Bebamos de la fuente de la Misericordia, para que nuestra vida sea un manantial capaz de saciar a los que nos rodean!   Pidamos al Señor que bendiga nuestra familia y amistades con el don de su Misericordia, de su Amor. Que nos haga capaces de amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado; de hacer de nuestras familias un verdadero remanso de gozo y paz que nos permita enfrentarnos con decisión y fuerza a las pequeñas o grandes batallas de cada día.

Ahora en verano, ¡bebamos el agua que Cristo nos da! Bebamos su perdón en el sacramento de la reconciliación, bebamos su Verdad a través de la oración y llenémonos de su Amor en el sacramento de la Eucaristía.   Más aún, bebamos todos juntos. Vayamos en familia o con los amigos a confesarnos, a hacer oración, a la Eucaristía; vayamos todos juntos a hacer alguna obra de misericordia y descubriremos que el Señor no sólo ha querido darnos su Misericordia sino que ha querido hacernos fuente de Misericordia.

Pidamos al Señor que este verano nos llene con su Misericordia. Ahora que hay más tiempo y menos prisas. ¿No sería hermoso dedicar un tiempo a rezar todos los días el Rosario de la Misericordia? Cinco minutos, no más. Cinco minutos con mi familia o amigos con el Señor. Pidiendo a Dios su Misericordia y recibiéndola a la vez. “Pedid y se os dará; Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá”. Todos juntos para recibir juntos, para hallar juntos, para entrar juntos.

El verano es tiempo de Misericordia. De recibirla y de darla. De vivir la Misericordia de Dios y de practicarla con los que nos rodean. Que María, Madre de la Misericordia, nos ayude a vivir este verano de un modo nuevo, con el gozo y la paz de quien se sabe amado y tratado con Misericordia; como quien sabe que puede amar y tratar con Misericordia a aquellos que Dios ha puesto en su camino bajo su cuidado.

P. Martínez

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